Concepto teológico
Revelación
Autocomunicación de Dios al hombre, natural y especial.
Forma original
גָּלָה / ἀποκάλυψις
galá (hebreo) · apokálypsis (griego)
Strong
H1540 / G602
En el AT
80×
En el NT
25×
También como
revelador · revelatorio
Definición rápida
La revelación es la autocomunicación de Dios al ser humano: el acto por el que Dios, inaccesible por las solas fuerzas humanas, se da a conocer. La teología distingue dos formas: la revelación general, dirigida a todos a través de la creación y la conciencia, y la revelación especial, la comunicación concreta y salvadora que culmina en Jesucristo. Su rasgo esencial es que es iniciativa de Dios, no conquista del hombre.
Origen y etimología
La imagen de fondo es la de quitar un velo. El griego ἀποκάλυψις (apokálypsis) —de donde procede «Apocalipsis»— se forma con apó («desde», «fuera de») y kalýptō («cubrir», «velar»): «descubrir», «destapar», «poner al descubierto». El verbo correspondiente, apokalýptō, significa revelar lo que estaba oculto.
El hebreo expresa la misma idea con גָּלָה (galá), «descubrir», «destapar», «poner de manifiesto»; se usa, por ejemplo, cuando «Jehová revelaba sus palabras» a los profetas. El castellano «revelación» procede del latín revelatio, de revelare —re- más velum, «velo»—: literalmente, «quitar el velo». En las tres lenguas la metáfora coincide: lo que estaba cubierto queda al descubierto por iniciativa de Dios.
La revelación en el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento muestra a un Dios que toma la iniciativa de darse a conocer. La creación es ya un primer cauce: «los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1). Es lo que la teología llama revelación general, accesible a todo ser humano.
La revelación especial avanza por medios diversos: teofanías, sueños, visiones y, sobre todo, la palabra dirigida a los profetas. El momento culminante es la revelación del nombre divino a Moisés: «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14), donde Dios se da a conocer en su misma identidad. Al mismo tiempo, el Antiguo Testamento guarda conciencia de la trascendencia de Dios: «no podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá» (Éxodo 33:20). Dios se revela, pero sigue siendo el Santo que supera toda comprensión.
Los profetas reciben y transmiten esa palabra (Isaías 6 es ejemplo de visión y vocación), y la revelación se orienta hacia una promesa: la venida de aquel que traerá la manifestación definitiva.
La revelación en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento presenta a Cristo como la revelación plena de Dios. No es un profeta más, sino el Hijo: «a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo… él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). En él «el Verbo se hizo carne» (Juan 1:14). El prólogo de Hebreos lo formula con precisión: Dios, que habló «muchas veces y de muchas maneras… por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1:1-2). Cristo es a la vez mensajero y mensaje.
Esta revelación tiene un carácter de gracia y de gratuidad: se ofrece a los humildes más que a los sabios. «Te alabo, Padre… porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños» (Mateo 11:25). La fe de Pedro en Cristo no es fruto de razonamiento humano: «no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre» (Mateo 16:17).
La revelación continúa por la acción del Espíritu Santo, que «os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13) y «todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1 Corintios 2:10). Pablo declara haber recibido el evangelio «por revelación de Jesucristo» (Gálatas 1:12). Y a la vez se afirma la revelación general: lo que de Dios puede conocerse «les es manifiesto… siendo entendido por medio de las cosas hechas» (Romanos 1:19-20).
Significado teológico
La revelación plantea la cuestión de las fuentes y de la suficiencia, y aquí las tradiciones divergen:
- El catolicismo sostiene que la revelación, culminada en Cristo y cerrada con la muerte de los apóstoles, se transmite por Escritura y Tradición, interpretadas auténticamente por el Magisterio. Ambas brotan de una misma fuente.
- El protestantismo afirma el principio «sola scriptura»: la Escritura es la fuente normativa, suficiente y final de la revelación; la tradición se somete a ella. Subraya la responsabilidad de cada creyente de leerla en el seno de la comunidad de fe.
- La ortodoxia valora también la Tradición y acentúa la dimensión experiencial y litúrgica: la revelación se conoce y se vive en la adoración y la vida sacramental de la Iglesia.
Conviene además distinguir revelación (Dios se da a conocer) de inspiración (el Espíritu asiste a los autores que ponen por escrito esa revelación). Todas las tradiciones afirman que la revelación es iniciativa divina y que su centro y plenitud es Cristo.
Errores comunes
- Confundir la revelación general con la especial: la creación apunta a Dios, pero no salva por sí sola; la revelación salvadora culmina en Cristo.
- Reducir la revelación a información, olvidando que es ante todo autocomunicación personal de Dios para entrar en relación.
- Identificar revelación con inspiración, cuando son momentos distintos de un mismo proceso.
- Tratarla como un asunto solo del pasado, sin relevancia para la vida presente del creyente.
- Convertirla en hallazgo humano: la iniciativa es siempre de Dios, que descorre el velo.