Concepto teológico
Santidad
Atributo de Dios y llamado a la pureza moral y consagración.
Forma original
קֹדֶשׁ / ἁγιότης
qódesh (hebreo) · hagiótes (griego)
Strong
H6944 / G41
En el AT
150×
En el NT
30×
También como
santo · santidad
Definición rápida
La santidad es, ante todo, un atributo de Dios: su condición de ser radicalmente «otro», separado de todo lo creado y ajeno a todo mal. De ahí deriva su segundo sentido, el llamado dirigido a personas, lugares y objetos a estar apartados para Dios y, por extensión, a reflejar su pureza moral. El término no nace en el campo de la ética sino en el de la relación: santo es lo que pertenece a Dios y queda sustraído al uso profano.
Origen y etimología
En hebreo, la familia léxica gira en torno a la raíz קדשׁ (q-d-š), cuyo sentido básico es «separar, apartar, consagrar». El sustantivo קֹדֶשׁ (qódesh, «santidad, cosa santa», Strong H6944) y el adjetivo קָדוֹשׁ (qadosh, «santo») expresan esa separación. Lo santo se opone a lo jol («común, profano») y a lo tamé («impuro»). De la misma raíz proceden miqdash («santuario») y qadesh («consagrar»).
En griego, el Nuevo Testamento usa ἅγιος (hagios, «santo»), el sustantivo ἁγιότης y ἁγιωσύνη (hagiótes, hagiosyne, «santidad», Strong G41) y el verbo hagiazo («santificar»). El término griego clásico ya connotaba lo «venerable, digno de reverencia, separado» del ámbito sagrado. La Septuaginta lo fijó como traducción de qadosh, cargándolo del sentido bíblico de pertenencia exclusiva a Dios. De esta raíz castellana procede «santo», «santuario» y, vía latín sanctus, todo el vocabulario de la consagración.
En el Antiguo Testamento
La santidad estructura buena parte de la teología veterotestamentaria. Dios es el Santo de Israel, título recurrente en Isaías (Isaías 1:4; 5:19). En la visión inaugural del profeta, los serafines proclaman: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3); la triple repetición es, en hebreo, un superlativo: el santísimo. La reacción de Isaías —«¡Ay de mí! que soy muerto… mis ojos han visto al Rey» (Isaías 6:5)— muestra que ante la santidad divina la criatura percibe su propia impureza.
El Levítico es el libro de la santidad por antonomasia. Su gran principio se repite como estribillo: «Seréis santos, porque yo Jehová vuestro Dios soy santo» (Levítico 19:2; cf. 11:44; 20:7). El llamado «Código de Santidad» (Levítico 17-26) regula cómo Israel, pueblo apartado, debe distinguirse de las naciones en culto, sexualidad, justicia social y trato al prójimo. La santidad ordena también el espacio (el Lugar Santísimo, separado por el velo) y el tiempo (el sábado, día santo). Es, sobre todo, separación con vistas a la pertenencia: «Me seréis santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos» (Levítico 20:26).
En el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento mantiene la santidad de Dios y la traslada con plenitud a Cristo, «el Santo de Dios» (Marcos 1:24), y al Espíritu Santo, cuyo título mismo la nombra. El mandato veterotestamentario se reasume sin rebaja: Pedro cita el Levítico —«sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:15-16)— como norma de toda la conducta cristiana.
Pablo llama habitualmente «santos» (hagioi) a los creyentes, no por su perfección sino por estar apartados en Cristo (1 Corintios 1:2). Exhorta a presentar el cuerpo «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1) y vincula la santidad a la visión de Dios: «Seguid… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). Jesús resume el ideal en el Sermón del Monte: «sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48), donde «perfecto» (téleios) apunta a la integridad del carácter conforme al de Dios.
Significado teológico
La santidad funciona en dos planos. Como atributo divino, expresa la trascendencia de Dios: su separación absoluta de la criatura y del pecado. Es, en la lectura de muchos teólogos, el atributo que envuelve a todos los demás: la justicia, el amor y la misericordia de Dios son justicia, amor y misericordia santos. Rudolf Otto la describió como lo numinoso, lo que suscita a la vez temor reverente y atracción.
Como vocación del creyente, las tradiciones coinciden en el llamado y difieren en el cómo se alcanza:
- Catolicismo: la santidad de vida crece por la cooperación con la gracia, recibida sobre todo en los sacramentos, y se concreta en las virtudes; la Iglesia reconoce su plenitud en los santos canonizados.
- Tradición protestante / reformada: distingue la santidad posicional (el creyente es declarado santo en Cristo) de la progresiva (la santificación operada por el Espíritu como fruto, no causa, de la justificación).
- Ortodoxia: enmarca la santidad en la theosis o deificación, la participación creciente en la vida y la energía divinas.
Errores comunes
- Reducir la santidad a moralidad. Su raíz es la separación y la pertenencia a Dios; la conducta deriva de ahí, no al revés.
- Confundir santidad con perfeccionismo sin tacha en esta vida. La Escritura llama «santos» a creyentes reales con faltas reales.
- Olvidar que la santidad humana es derivada. No igualamos la santidad de Dios; participamos de ella porque él nos aparta.
- Limitarla a lo externo o ritual, ignorando que los profetas ya exigían santidad interior y justicia (Isaías 1:16-17).
- Tratar «santidad» y «santificación» como sinónimos intercambiables: una es el atributo y la meta; la otra, el proceso que conduce a ella.