Figura o grupo
Samaritanos
Grupo étnico-religioso originario de Samaria, con un culto y canon propios, históricamente enfrentado a los judíos y mencionado en varios pasajes bíblicos.
Forma original
Σαμαρίτης / שֹׁמְרוֹן
Samarites (griego) · Shomron (hebreo, la región)
Strong
G4541
En el AT
8×
En el NT
9×
También como
samaritano · samaritanos
Definición rápida
Los samaritanos son un grupo étnico-religioso originario de Samaria, la región central de Palestina situada entre Galilea al norte y Judea al sur. Reconocen únicamente el Pentateuco como Escritura y han mantenido históricamente un centro de culto propio en el monte Guerizim, frente al Templo de Jerusalén. En la Biblia aparecen como pueblo enemistado con los judíos, y en el Nuevo Testamento Jesús se sirve repetidamente de ellos para desmontar prejuicios étnicos y religiosos.
Origen y etimología
El gentilicio procede del topónimo Samaria, del hebreo שֹׁמְרוֹן (Shomron), nombre de la ciudad que el rey Omri edificó como capital del Reino del Norte y que compró a un tal Semer (1 Reyes 16:24). El Nuevo Testamento griego emplea Σαμαρίτης (Samarites, Strong G4541) para el habitante y Σαμάρεια (Samareia) para la región.
Conviene distinguir dos cosas que el lenguaje confunde. En 2 Reyes 17, «los de Samaria» son los pobladores que el imperio asirio reasentó en la zona tras deportar a las diez tribus del norte en el 722 a.C. Pero los samaritanos como comunidad religiosa definida (los shomronim, que ellos interpretan no como «los de Samaria» sino como «los guardianes», de la raíz shamar, «guardar» la Torá) son un grupo cuya autoconciencia se consolida en el periodo del Segundo Templo. Ellos rechazan el relato de un origen sincrético y se presentan como el resto fiel de las tribus de José.
En el Antiguo Testamento
El telón de fondo es 2 Reyes 17:24-41. Caída Samaria ante Asiria, el rey asirio trae colonos «de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim» y los instala en las ciudades del norte. Estos pueblos «temían a Jehová, y honraban a sus dioses» (2 Reyes 17:33): el texto los presenta como un culto mixto, sincrético, que mezcla la adoración del Dios de Israel con sus divinidades de origen.
El segundo episodio decisivo es Esdras 4:1-5. Al volver del exilio, los judíos emprenden la reconstrucción del Templo. «Los enemigos de Judá y de Benjamín» se ofrecen a colaborar alegando que también buscan al mismo Dios, pero Zorobabel y los jefes los rechazan tajantemente. El despecho desencadena décadas de oposición que retrasan la obra. Nehemías 4 prolonga esa hostilidad con la figura de Sanbalat el horonita, gobernador de Samaria. El término «samaritano» como tal apenas figura en el texto hebreo (2 Reyes 17:29 habla de haShomronim), pero aquí se fragua la separación.
En el Nuevo Testamento
En tiempos de Jesús la ruptura era total y mutua. Los peregrinos galileos a veces rodeaban Samaria para no atravesarla, y los samaritanos podían negar la hospitalidad a quien iba «con dirección a Jerusalén» (Lucas 9:52-53).
Jesús rompe esa lógica una y otra vez. En Juan 4 conversa con la samaritana junto al pozo de Jacob, gesto que escandaliza incluso a los discípulos (Juan 4:27), y le revela su identidad mesiánica; muchos samaritanos creen (Juan 4:39-42). En la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-37) convierte al despreciado en modelo de amor al prójimo. De los diez leprosos curados, solo vuelve a dar gracias el samaritano, «este extranjero» (Lucas 17:16-18). Y en Hechos 8, tras Pentecostés, Felipe predica en Samaria con gran fruto y los apóstoles Pedro y Juan confirman la obra (Hechos 8:5-17): Samaria es el segundo escalón del programa misionero de Hechos 1:8, «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
Significado teológico
Para el judaísmo rabínico, los samaritanos fueron tratados con ambivalencia: a veces como cuasi-gentiles, a veces como israelitas dudosos, según el grado de observancia que se les reconociera. Su rechazo de los Profetas y los Escritos los situaba fuera del consenso canónico.
Para la lectura cristiana, la cuestión de fondo aflora en Juan 4. Los samaritanos defendían el Guerizim; los judíos, Jerusalén. Jesús no arbitra a favor de un monte, sino que anuncia que «la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4:23). El culto deja de estar anclado a un lugar geográfico. Las distintas tradiciones cristianas coinciden en leer la inclusión de Samaria (Hechos 8) como signo de la universalidad del evangelio, aunque varían en el acento: el catolicismo y la ortodoxia subrayan la unidad eclesial que supera las antiguas divisiones, mientras buena parte del protestantismo destaca la fe personal del creyente samaritano por encima de su pertenencia étnica.
Errores comunes
- Confundir «samaritano» con «buena persona genérica». La fuerza de la parábola depende precisamente de que era un grupo odiado; vaciarlo de su carga histórica la desactiva.
- Pensar que aceptaban todo el Antiguo Testamento. Solo reconocían el Pentateuco, en su versión samaritana, no los Profetas ni los Escritos.
- Reducir el conflicto a lo religioso. Hubo deportaciones, repoblaciones, rivalidad política con los gobernadores de Samaria y la destrucción del templo del Guerizim: las raíces eran también étnicas y políticas.
- Creer que desaparecieron. La comunidad pervive hoy en el Guerizim y en Holón, con sacerdocio y liturgia propios.
- Identificarlos sin más con los colonos paganos de 2 Reyes 17. Ellos rechazaban ese origen y se reivindicaban como descendientes fieles de las tribus de José.