Quién fue Marta de Betania
Marta es uno de esos personajes a los que la tradición ha encasillado con una etiqueta que el propio texto matiza. Se la recuerda como “la atareada”, la hermana que se afana en la cocina mientras María escucha a Jesús. Pero el Evangelio de Juan le reserva un papel que desmonta ese cliché: es Marta quien, ante la tumba de Lázaro, pronuncia una de las confesiones de fe más explícitas de todo el Nuevo Testamento, equiparable a la de Pedro.
Hermana de María y de Lázaro, vivía en Betania, a las puertas de Jerusalén, y su casa era refugio habitual de Jesús. Los evangelios la presentan como mujer de carácter, directa en el trato, capaz de reprochar a Jesús su tardanza y, a la vez, de afirmar su fe con una claridad notable. Su figura combina la acción cotidiana del servicio con una de las profesiones de fe más densas de los evangelios.
Contexto histórico
Marta vivió en el siglo I, en la provincia romana de Judea, durante el ministerio de Jesús. Era una época de fuerte tensión política y de viva expectación mesiánica, con la vida religiosa girando en torno al Templo de Jerusalén. Betania, su aldea, estaba a unos tres kilómetros al este de la ciudad, en la ladera del monte de los Olivos, y su cercanía la convertía en lugar de paso para peregrinos.
La familia de Betania parece haber gozado de cierta posición: podía acoger a Jesús y a varios acompañantes, lo que implica una casa con recursos. El papel social de las mujeres estaba limitado al ámbito doméstico, pero los evangelios muestran a Marta y a su hermana en relación directa y personal con Jesús, en conversaciones teológicas de primer orden. La amistad de Jesús con esta familia es uno de los pocos vínculos personales que los evangelios documentan con detalle.
Marta en casa: el episodio de Lucas
El primer retrato de Marta está en Lucas 10:38-42. Jesús entra en una aldea y “una mujer llamada Marta le recibió en su casa” (Lucas 10:38). El detalle es importante: es ella quien acoge, la dueña que ejerce la hospitalidad. Mientras Marta se ocupa de los muchos preparativos del servicio, su hermana María se sienta a los pies de Jesús a escuchar su enseñanza, en la postura propia de un discípulo.
Marta, sobrecargada, se acerca con un reproche que es a la vez una queja a Jesús: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude” (Lucas 10:40). La respuesta de Jesús es célebre: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:41-42). Jesús no condena el servicio: corrige la ansiedad que lo desvirtúa y dispersa.
Marta ante la muerte de Lázaro
El relato más extenso sobre Marta está en Juan 11, centrado en la enfermedad, muerte y resurrección de Lázaro. Cuando el hermano enferma, las hermanas envían aviso a Jesús, pero él demora su llegada y Lázaro muere. Al saber que Jesús se acerca, es Marta quien sale a su encuentro, mientras María permanece en casa. Sus primeras palabras mezclan reproche y confianza: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Juan 11:21-22).
Se abre entonces un diálogo teológico de primer nivel. Jesús le asegura que su hermano resucitará, y Marta responde desde la fe judía en la resurrección final: “Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero” (Juan 11:24). Jesús da un paso más: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”, y le pregunta directamente si lo cree. La respuesta de Marta es la cima del pasaje.
La confesión de fe
“Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27). La declaración tiene un peso enorme. En el Evangelio de Juan ocupa un lugar equivalente al que en los sinópticos tiene la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Y la pronuncia una mujer, en pleno duelo, antes de ver milagro alguno. Marta cree y confiesa sin haber recibido todavía la prueba: la resurrección de Lázaro vendrá después.
El relato continúa con Marta llamando a su hermana María, y culmina con Jesús ordenando retirar la piedra del sepulcro. Es entonces cuando Marta deja oír su pragmatismo más característico: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días” (Juan 11:39). El detalle, lejos de rebajar su figura, la humaniza: la mujer que ha hecho la confesión más alta es también la que constata, con realismo, el avance de la muerte. Jesús resucita a Lázaro ante todos.
Marta en la cena de Betania
La última aparición de Marta está en Juan 12:1-2, en una cena ofrecida a Jesús poco antes de su entrada en Jerusalén. El texto la describe en su papel característico: “Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa” (Juan 12:2). Mientras María unge los pies de Jesús con un perfume costoso, Marta continúa atendiendo a los comensales.
La escena cierra coherentemente el retrato del personaje. Marta sirve, como en Lucas, pero ahora ese servicio no se presenta como motivo de reproche ni de ansiedad, sino como su forma habitual y digna de estar junto a Jesús. El servicio, integrado con la fe que ha confesado, aparece como una manera legítima de discipulado.
Significado teológico
La figura de Marta desbarata la oposición simplista entre acción y contemplación. La lectura tradicional la enfrentaba a María como “vida activa” frente a “vida contemplativa”, pero el conjunto de los textos muestra algo más matizado: Jesús no descalifica el servicio de Marta, sino la dispersión ansiosa; y es a esa misma Marta servicial a quien Juan confía la confesión cristológica central de su evangelio.
Esa confesión —“tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”— sitúa a Marta entre los grandes testigos de la fe del Nuevo Testamento. Que una mujer pronuncie, en el cuarto evangelio, la declaración que en los otros corresponde a Pedro tiene una relevancia notable sobre el papel de las mujeres en los primeros círculos cristianos. Marta encarna una fe que no excluye el reproche, la duda ni el dolor, sino que los atraviesa: cuestiona la tardanza de Jesús, constata el hedor del sepulcro y, aun así, confiesa con plena claridad quién es él.
Aplicación práctica
- La corrección de Jesús apunta a la ansiedad que dispersa, no al servicio en sí: se puede servir sin perder la calma ni el centro.
- Marta confiesa su fe antes de ver el milagro, en pleno duelo: creer no exige tener antes todas las pruebas.
- Su realismo ante el sepulcro convive con su fe: reconocer la dureza de los hechos no contradice la confianza.
Versículos clave para meditar
Lucas 10:41-42 “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.”
Juan 11:21-22 “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.”
Juan 11:25-26 “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.”
Juan 11:27 “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”
Juan 12:2 “Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.”