Figura o grupo · Hebreo
Fariseos
Grupo judío estricto en la observancia de la Ley y tradiciones.
Forma original
פְּרוּשִׁים / Φαρισαῖος
perushim (hebreo) / pharisaios (griego)
Strong
G5330
En el AT
0×
En el NT
55×
También como
fariseo · fariseísmo
Definición rápida
Los fariseos fueron un grupo religioso judío del período del Segundo Templo, caracterizado por su estricta observancia de la Ley de Moisés y por el desarrollo de la tradición oral que la interpretaba. Su nombre significa «separados». Tenían gran influencia entre el pueblo y en las sinagogas, se oponían a los saduceos y aparecen con frecuencia en los Evangelios, a menudo en debate con Jesús. De su tradición deriva el judaísmo rabínico posterior.
Origen y etimología
El término «fariseo» procede del hebreo פְּרוּשִׁים (perushim; en arameo perishaya), participio pasivo de la raíz parash, «separar»: significa «los separados» o «apartados». La separación aludía con probabilidad a su distancia respecto de la impureza ritual y de quienes no observaban la Ley con su mismo rigor, y quizá también respecto de las influencias paganas helenísticas. El griego del Nuevo Testamento lo transcribe como Φαρισαῖος (pharisaios).
El movimiento se formó hacia el siglo II a.C., en el contexto de la crisis macabea y la resistencia a la helenización, posiblemente en continuidad con los hasidim o «piadosos». Frente a la presión cultural extranjera, los fariseos se erigieron en guardianes de la identidad religiosa de Israel mediante la observancia minuciosa de la Ley y el desarrollo de una tradición oral que la actualizaba para nuevas circunstancias.
En el Antiguo Testamento
El término «fariseo» no aparece en el Antiguo Testamento, pues el grupo surge después, en el período del Segundo Templo, fuera del marco temporal de los libros hebreos canónicos. No hay, por tanto, mención directa.
Sí están presentes las raíces de su sensibilidad religiosa. El énfasis en enseñar y guardar la Ley en la vida cotidiana enlaza con textos como el Shemá: «Y estas palabras… las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino» (Deuteronomio 6:6-9). La preocupación por la pureza y la santidad del pueblo (Levítico) y la centralidad de la Torá tras el exilio prepararon el terreno. La figura de Esdras, el escriba que estudia, cumple y enseña la Ley (Esdras 7:10), anticipa el tipo de piedad que los fariseos llevarían al extremo. El trasfondo histórico inmediato se vislumbra en los libros de los Macabeos, con los hasidim fieles a la Ley (1 Macabeos 2:42).
En el Nuevo Testamento
Los fariseos son protagonistas frecuentes de los Evangelios. Aparecen como expertos respetados en la Ley, presentes en sinagogas y en el Sanedrín. Jesús reconoce su autoridad doctrinal —«en la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos» (Mateo 23:2)— al tiempo que critica con dureza su conducta.
El reproche central es la hipocresía: «todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen» (Mateo 23:3). Jesús los compara con «sepulcros blanqueados», hermosos por fuera y corruptos por dentro (Mateo 23:27), y les reprocha diezmar las hierbas menudas mientras descuidan «la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). La parábola del fariseo y el publicano retrata esa autosuficiencia: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres» (Lucas 18:11).
El cuadro, sin embargo, no es uniforme. Nicodemo, fariseo y miembro del concilio, acude a Jesús de noche y luego lo defiende (Juan 3:1-2; 7:50-51); Gamaliel aconseja prudencia ante los apóstoles (Hechos 5:34-39). Sobre todo, Pablo era fariseo y se reclama de ello: «yo soy fariseo, hijo de fariseos; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga» (Hechos 23:6), aprovechando la división doctrinal entre fariseos y saduceos sobre la resurrección (Hechos 23:8). Su creencia en la resurrección coincidía con un punto central de la fe cristiana.
Significado teológico
La figura de los fariseos plantea cuestiones que recorren toda la teología cristiana.
Ley y tradición. Los fariseos defendían la Ley escrita y la tradición oral como guía de la vida diaria. Esto alimenta el debate sobre la relación entre Ley y gracia. La tradición católica tiende a ver la Ley como pedagogía que prepara para la gracia; muchas tradiciones protestantes acentúan la salvación por la fe, no por las obras de la Ley (Romanos 3:28; Gálatas 2:16).
Hipocresía y corazón. La crítica de Jesús apunta al divorcio entre observancia externa e interioridad. La tradición ortodoxa, atenta a la pureza del corazón y a la intención, lee aquí una advertencia permanente: el cumplimiento exterior no basta sin una relación viva con Dios (cf. Isaías 29:13, citado por Jesús).
Resurrección y esperanza. A diferencia de los saduceos, los fariseos creían en la resurrección de los muertos, doctrina que el cristianismo asume y centra en la resurrección de Cristo (1 Corintios 15). En este punto el cristianismo está más cerca de los fariseos que de los saduceos.
Conviene subrayar el matiz histórico: el retrato evangélico, marcado por la polémica, no agota la realidad del fariseísmo. De su tradición de estudio e interpretación de la Torá brotó el judaísmo rabínico, base del judaísmo posterior. Por eso «fariseo» como sinónimo automático de «hipócrita» es una simplificación que conviene evitar.
Errores comunes
- Confundir fariseos con saduceos. Eran grupos distintos: discrepaban sobre la tradición oral y sobre la resurrección (Hechos 23:8).
- Dar por hecho que todos eran hipócritas. Nicodemo, Gamaliel y el propio Pablo muestran fariseos sinceros o abiertos.
- Usar «fariseo» solo como insulto. El término histórico designa un movimiento serio de piedad, no únicamente la hipocresía que Jesús denuncia.
- Pensar que Jesús rechazaba la Ley al criticarlos. Su crítica apunta a la incoherencia y al legalismo, no a la Ley misma (Mateo 5:17).
- Ignorar su legado. El judaísmo rabínico, heredero de los fariseos, conserva y desarrolla buena parte de su enfoque.