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Concepto teológico

Misión

En el contexto bíblico, la misión es el envío de la Iglesia y de los creyentes a proclamar el evangelio y hacer discípulos en todas las naciones, cumpliendo el mandato de Cristo.

En el AT

En el NT

También como

misional · misionero · misión cristiana

Definición rápida

En la Biblia, la misión es el envío de la Iglesia y de los creyentes a proclamar el evangelio, hacer discípulos y servir a todas las naciones, en cumplimiento del mandato de Cristo. Es un concepto central que une predicación, testimonio, servicio y transformación social, sostenido por la acción del Espíritu Santo. La misión abarca la vida cristiana entera y no queda reservada a un grupo de especialistas: todos los creyentes participan en ella.

Origen y etimología

El término «misión» procede del latín missio, «envío», derivado del verbo mittere, «enviar». No es una palabra bíblica en sentido estricto: no figura como tal en los textos hebreos ni griegos. Sin embargo, la realidad que nombra recorre toda la Escritura a través del lenguaje del envío.

En el Antiguo Testamento el verbo hebreo שָׁלַח (shalach), «enviar», aparece cuando Dios envía profetas y mensajeros con un encargo. En el Nuevo Testamento el verbo griego decisivo es ἀποστέλλω (apostellō), «enviar con una comisión». De él derivan ἀπόστολος (apóstolos), «enviado» —de donde «apóstol»—, y toda la familia léxica del envío. Jesús emplea precisamente este verbo al comisionar a sus discípulos. A lo largo de la historia, «misión» se consolidó en la tradición cristiana para designar la acción organizada de llevar el evangelio a pueblos y lugares donde aún no ha sido anunciado. Aunque la palabra es posbíblica, su raíz conceptual es plenamente escriturística.

En el Antiguo Testamento

Aunque la palabra «misión» no figura en el Antiguo Testamento, la idea del envío divino es recurrente. El relato fundacional es la vocación de Abraham: Dios lo llama a salir de su tierra con una promesa de alcance universal, «serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:1-3). La elección no es para el privilegio cerrado, sino para la bendición de todos los pueblos.

Los profetas son enviados con mensajes concretos, a menudo incómodos. La escena de la vocación de Isaías resume la disponibilidad del enviado: ante la pregunta «¿a quién enviaré, y quién irá por nosotros?», responde «heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8). Jeremías y Ezequiel reciben comisiones semejantes.

La vocación de Israel tiene una orientación hacia las naciones: el siervo es puesto «por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra» (Isaías 49:6). El libro de Jonás dramatiza esa apertura: Dios envía al profeta a Nínive y muestra su compasión por una ciudad extranjera. El Antiguo Testamento, así, prepara el horizonte universal que el Nuevo desplegará.

En el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento la misión pasa a primer plano. Jesús se presenta como el enviado del Padre y, sobre esa base, envía a los suyos: «como me envió el Padre, así también yo os envío» (Juan 20:21). Al término de su ministerio terreno pronuncia la Gran Comisión: «id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19), fundamento de toda la actividad misionera posterior.

El libro de los Hechos narra la ejecución de ese mandato. La promesa de Hechos 1:8 traza el itinerario: «me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Impulsados por el Espíritu, los creyentes llevan el mensaje más allá de sus fronteras culturales. La conversión de Cornelio (Hechos 10) marca el momento en que la Iglesia aprende a superar sus propios límites e incluir a los gentiles. Pablo funda comunidades, recorre el Mediterráneo y enfrenta pruebas: la misión implica predicación, pero también servicio y sufrimiento.

Las cartas presentan la misión como deber y privilegio de toda la comunidad. Pablo argumenta su necesidad: «¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Romanos 10:14). Y Pedro recuerda la vocación común: el pueblo es «real sacerdocio» llamado a «anunciar las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).

Significado teológico

La misión tiene un fundamento trinitario: el Padre envía al Hijo, el Padre y el Hijo envían al Espíritu, y la Trinidad envía a la Iglesia. Este dinamismo de envío refleja el desbordamiento del amor de Dios hacia la humanidad; la Iglesia no inventa la misión, participa en una que es primero de Dios.

La misión es universal por naturaleza: no se limita a un pueblo ni a una cultura, sino que alcanza a todas las naciones (Mateo 28:19). Y es eclesial: la Iglesia existe para la misión y no es un fin en sí misma, sino instrumento de Dios para la salvación del mundo. El Espíritu Santo es su protagonista, pues capacita y sostiene a los testigos (Hechos 1:8).

Las tradiciones acentúan matices distintos. El catolicismo entiende la misión como participación en la misión de Cristo a través de la Iglesia, mediante el testimonio de vida y los sacramentos. El protestantismo subraya la evangelización personal, el envío de misioneros y la centralidad de la Escritura. La ortodoxia destaca la misión como testimonio, comunión y santificación, más que como proselitismo activo. La teología contemporánea ha recuperado, además, la noción de misión integral: el anuncio del evangelio va unido al servicio, la justicia y la defensa de la dignidad humana.

Errores comunes

Creer que la misión es asunto exclusivo de pastores, líderes o misioneros profesionales, cuando el Nuevo Testamento la confía a toda la comunidad.

Reducirla a la predicación verbal, desligándola del servicio, la justicia y el testimonio de vida que la acompañan.

Suponer que la misión terminó en la época apostólica y carece de vigencia hoy.

Confundir misión con proselitismo agresivo o con imposición cultural, contra el respeto a las personas que la propia Escritura supone.

Olvidar su dimensión espiritual y la dependencia del Espíritu Santo, reduciéndola a estrategia humana o activismo.

«Misión» en la Biblia: pasajes clave

Selección de pasajes bíblicos donde aparece o se aplica este término. Texto de la Reina-Valera 1909 (dominio público).

Por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Mateo 28:19 RVR1909
Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
Hechos 1:8 RVR1909
Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros: como me envió el Padre, así también yo os envío.
Juan 20:21 RVR1909
¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
Romanos 10:14 RVR1909

Preguntas frecuentes sobre «Misión»

¿Qué significa misión en el contexto bíblico?

Misión designa el envío de los creyentes por parte de Dios para anunciar el evangelio, hacer discípulos y servir a todas las naciones. La palabra no aparece como tal en los textos originales, pero la idea de ser enviado recorre toda la Escritura. Su raíz está en el verbo griego apostellō, «enviar», de donde procede «apóstol». La misión es tarea central de la Iglesia, no de un grupo selecto.

¿De dónde viene la palabra misión?

Del latín missio, «envío», derivado de mittere, «enviar». No es un término bíblico en sentido estricto: se consolidó en la tradición cristiana para nombrar la acción de llevar el evangelio donde aún no se conoce. Su trasfondo está en el hebreo shalach (enviar), usado cuando Dios envía profetas, y en el griego apostellō, que Jesús emplea para enviar a sus discípulos.

¿Dónde está el mandato misionero en la Biblia?

El texto más citado es la Gran Comisión de Mateo 28:19-20: «Id, y haced discípulos a todas las naciones». Hay otros paralelos: Marcos 16:15, Lucas 24:47, Juan 20:21 y Hechos 1:8, donde Jesús promete el poder del Espíritu para ser testigos «hasta lo último de la tierra». Todos coinciden en el envío universal y en el testimonio.

¿La misión es solo para pastores y misioneros?

No. El Nuevo Testamento presenta la misión como responsabilidad de toda la comunidad creyente, cada uno según sus dones y circunstancias. En Hechos, la dispersión por la persecución hace que «los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hechos 8:4), y no eran apóstoles. El testimonio, el servicio y la proclamación competen a todos.

¿Qué relación tiene la misión con el Antiguo Testamento?

El término no aparece, pero el envío divino es constante: Dios llama a Abraham para ser bendición «a todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3), envía a los profetas y destina a Israel a ser «luz de las naciones» (Isaías 49:6). El libro de Jonás muestra la compasión de Dios por una ciudad extranjera. El Antiguo Testamento prepara la apertura universal del Nuevo.

¿Qué diferencia hay entre misión y evangelización?

Están relacionadas, pero no son idénticas. La evangelización es el anuncio de la buena noticia de Jesucristo. La misión es un concepto más amplio que incluye ese anuncio, pero también el servicio, la justicia, el testimonio de vida y el diálogo con culturas diversas. Toda evangelización forma parte de la misión, pero la misión no se agota en la proclamación verbal.

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Fuentes y método

Las citas bíblicas proceden de la Reina-Valera 1909 (dominio público). La información se ha contrastado con obras de referencia (Concordancia Strong, léxicos BDB y BDAG, Anchor Bible Dictionary y Catholic Encyclopedia) y revisado editorialmente por Borja Cifuentes, conforme a nuestra política editorial.

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